Voraz Y El Inicio Del Festival Cuerpos En Revuelta

Esto es una pesadilla: Voraz y el inicio del Festival Cuerpos en Revuelta

El pasado jueves 31 de marzo, con la inauguración de la exposición El Butoh de Hijikata, inició el Festival Internacional de Danza Butoh “Cuerpos en Revuelta”, organizado por el Museo Universitario del Chopo y el Laboratorio Escénico Danza Teatro Ritual. El evento incluyó unas palabras de bienvenida de las tres principales integrantes de la agrupación, Eugenia Vargas, Aura Arreola y Teresa Carlos, así como de Takashi Morishita, Director del Archivo Hijikata en Keio, Japón, y curador de dicha exposición.

Así mismo, el 1 de abril se presentó en el foro “El dinosaurio” del Chopo la primera obra del programa: Voraz, a cargo de la compañía huésped. Bajo la dirección de Eugenia Vargas y con la interpretación de Teresa Carlos, Aura Arreola, Raquel Salgado, Marcela Vásquez, Liliana Segovia y Fernanda Palacios, esta obra sigue la línea creativa de reflexión en torno a la realidad nacional que ha caracterizado los últimos trabajos del Laboratorio.

Una tela gris cubre el escenario y el audio recuerda a una ventisca. Aparecen tres mujeres-pájaro, arpías o aves de rapiña. Escarban el suelo, tan árido que ondula a la menor provocación. Llegan más. Buscan con insistencia, sin éxito. ¿Qué se podría encontrar en un suelo tan desolado?

Desaparecen las arpías. La tierra resulta ser el vestido de una mujer. Sus faldas guardan algo más que polvo, aunque desde hace mucho no hay nada que esté remotamente vivo. Nos preguntábamos qué habría por encontrar en un lugar tan desolado. La respuesta es inmediata: más desolación.

Siguiente cuadro: seis personas humildes de ropa pero, a juzgar por sus rostros, también de alma, realizan acciones estereotipadas. Lo mismo hay sonidos de reloj y de industria; el tiempo está dominado por la máquina. También lo está el espacio: líneas rectas, movimientos angulosos, operaciones repetitivas; la vida ha dado paso al vacío, corporal y existencial.

La situación es insoportable y la tensión evidente. Los cuerpos se descomponen. El caos se vuelve la regla. Eligen a una del grupo, cualquiera, no importa, para entretener su desgracia. Aquellos que ya no tienen de qué vivir buscan llenarse con el dolor ajeno; ley psicológica alguna vez enunciada por Simon Weil:

“Mecánica humana. Quien sufre trata de comunicar su sufrimiento  -ya sea zahiriendo a otro, ya  sea provocando su piedad- con el fin de disminuirlo, y a fe que lo consigue (…) Deseo de ver sufrir al prójimo exactamente lo que uno sufre. Por eso, el odio de quienes viven  en la miseria se dirige, salvo en los períodos de inestabilidad social, contra sus semejantes”.[1]

Esto no es la consagración de ninguna primavera. No se busca expulsar el mal mayor mediante un mal menor. Es el mal mismo el que ha tomado las riendas y ahora dicta las reglas del juego.

Mientras esto ocurre alguien permanece al fondo del escenario, en trance (¿o en shock?). Impávida, no reacciona ¾aunque esta sea la escena clímax de toda la obra. Tuvieron que devorarse por completo a la víctima para que entonces este personaje irrumpiera, con un grito desgarrador. Entonces la violencia cesó y la furia dio paso a la culpa; entonces la víctima pudo levantarse a bailar. ¿Qué esperamos nosotros para también salir de nuestro trance?

Regresa la madre tierra, cargando huesos con los brazos. La cubre un rebozo negro. Bajo sus enaguas oculta los cuerpos semidesnudos, ruinas desgarradas por la violencia. Sólo se ven bultos, pero están ahí, es obvio. Basta escarbar para encontrarlos: 662 cuerpos en 201 fosas clandestinas, tan sólo el año pasado.

Como un sueño, la imagen escénica hace que te enfrentes a eso que ya no tienes la capacidad, sensible o intelectual, acaso moral, de ver. Todos somos protagonistas de esta pesadilla. Para que no quede duda, la tierra corre su velo y nos muestra a sus hijos, tus hermanos, todos muertos; ruedan inertes arrastrados por el viento.

Aunque las bailarinas se retiran, los huesos y la ventisca permanecen. La pesadilla no ha acabado. ¿Acaso terminará?

 

[1] Simone Weil, La gravedad y la gracia, Ed. Trotta, Madrid, 1994.

FOTOGRAFÍAS: Ricardo Ramírez Arriola.

[ Artículo publicado originalmente en Revista Fluir ]

 

El último piso

 

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LADO A-B: dintel

Siempre te gustó vivir en el último piso. Los recuerdos más entrañables que tengo a tu lado, a los que siempre regreso, incluyen todos a la ciudad como fondo. La mugre, el ruido, el odio de los transeúntes, la indiferencia de los peatones, la amenazadora máquina voraz; todo quedaba inválido tras la vitrina de tu venta, hermoso en tanto que lejano.

Por supuesto que seguíamos dentro, sitiados como siempre. Sin embargo, podíamos darnos el lujo de creer que no era así. Ilusión escénica, fundamento de todos los teatros: colócalos en una ligera perspectiva elevada, rodéalos de una obscuridad homogénea, y todos esos pequeñoburgueses podrán substraerse de lo que ven, pretender que nada de eso tiene relación con ellos.

Tu cuarto era como nuestra butaca (y viceversa; por eso hay tantos enamorados en las salas de cine). Desde ahí todo parecía hecho para nosotros. No era necesario salir de la ciudad para escapar de ella, bastaba con hundirnos en los pliegues del otro— dedos, piernas, cabellos de colores, sábanas, brazos, ombligos, axilas, ropa sucia, sudor, cuellos, espaldas, dejahagoparaallálacomputadora, pechos, lenguas, saliva, ropa limpia, orejas, caderas, talones, sangre, muchas veces mocos, ¿eso es un cable?, quijadas desencajadas, bocas abiertas, semen, risas…— y no salir hasta la mañana siguiente.

Benditos quienes cuenten con un refugio a la hora del diluvio porque de ellos será el reino de los cielos. 

 

LADO A-C: jamba

Decía que los recuerdos más entrañables que tengo a tu lado, a los que siempre regreso, incluyen todos a la ciudad como fondo. Como esa noche, cuando todo, desde conseguir los dulces hasta explorar el cuarto de tu roomie, fue una aventura. En la cama encarnaste todos los cerros; en la regadera, todos los ríos; en la sala, todos los espejos; frente a frente, temblé de vértigo y miedo por despeñarme en tus pupilas, abismalmente dilatadas.

O como todas esas veces que dijimos que no, pero no había más respuesta que un sí. O todas esas otras que me recibiste en la escalera, inundándome de amor sin siquiera haber terminado de llegar. O como aquella madrugada, desnudos frente a la ventana y con los pies fuera de ella. “Nunca había estado así, siendo sólo cuerpo”, dijiste. O esa noche, bailando a obscuras y con los ojos cerrados, en tu cama.  Sólo había que escucharnos mutuamente, y para ese entonces ya eramos expertos en eso. O esa tarde, la primera charla de todas, cuando supe que quería conocerte en serio. O todas esas mañanas abrazados, que se volvían tardes, que se volvían noches, que se volvían madrugadas, y parecía que nunca íbamos a poder separarnos.

Nunca dejará de sorprenderme hasta que punto somo moralmente protestantes, por obra o pensamiento. Yo, por ejemplo, muy en el fondo aún reservaba (¿reservo?) el futuro como único lugar para la felicidad. “Cuando sea grande”, “Cuando me titule”, “cuando consiga”, “cuando regreses”… me esfuerzo por construir una vida que posibilite la felicidad futura, opacando la que puede suceder ahora.

Contigo, en tu cuarto, descubrí que no hay otra felicidad posible que la presente, esa que es ciega ante lo que venga y no depende más que de sí misma, de ese momento suspendido en el tiempo. En eso consiste el refugio: decir sí al ahora, para siempre.

 

LADO B-D: jamba

Decía que los recuerdos más entrañables que tengo a tu lado, a los que siempre regreso, incluyen todos a la ciudad como fondo. La mayoría de las veces así se quedó, como fondo. Nos prometimos visitar a tu padres, salir de antro, ir a Xochimilco, comer fuera, explorar el metro, hacer amigos… El objetivo fue siempre salir más, atravesar la vitrina.

Ahora sé que las promesas nunca estuvieron ahí para ser cumplidas; más bien, fueron el faro lejano que nos daba la certeza de que había aún mucho por recorrer. No importaba tanto el salir como la seguridad de poder hacerlo en cualquier otro momento. Ampliar la potencia del futuro al grado de invalidarlo, he ahí la fuerza del “algún día”.

No podía ser de otra manera: por más que sepamos que siempre se acaba, necesitamos entrar pensando lo contrario. “Esto es para siempre”. No se trata de buscar la eternidad: se trata de asumir que ya está aquí y entonces poder sustraerse a lo sucesivo. Sólo así estar contigo era refugio. Sólo así escapábamos de la ciudad.

 

LADO C-D: alfeizar

Decía que los recuerdos más entrañables que tengo a tu lado, a los que siempre regreso, incluyen todos a la ciudad como fondo; mas nunca expliqué cómo es que vuelvo. No es que regrese por voluntad (¿qué sentido tendría ir a buscarte cuando lo que quiero es perderte de una vez por todas?). Más bien, me regresan. Me regresan ciertas imágenes, como esa foto, que no es en realidad tu ventana; ciertos olores, que ya no son los tuyos, mucho menos los nuestros; ciertos lugares, los que visitábamos constantemente, pero sobre todo a los que nunca fuimos aunque lo prometimos; el pan, la pizza, los montones de ropa a la orilla de mi cama.

Me regresa el collar de búho que dejaste la otra noche y aún tengo colgado en la pared.

Me regresan los sueños, donde ahora eres guía y protagonista.

Me regresa cualquier mujer, más o menos delgada, más o menos pequeña, más o menos bonita, más o menos lacia, vista a lo lejos. Sobre todo si lleva lentes de pasta; peor si se tiñe el cabello de azul; insoportable si resultas ser tú en realidad.

Vivo asediado por tu fantasma. Pasaste de ser la proyección de mi Ánima a convertirte en la imagen que la simboliza.

 

LADO A-D: Cerrar la cortina

Dije que estar contigo era el refugio que me sustraía de lo sucesivo, que sólo ahí conocí la felicidad y que ahora no hago más que buscarte, cuasi encontrarte, en el resto del mundo. Obviamente te estoy idealizando.

A lo lejos, sólo los edificios enormes alcanzan a verse y pareciera entonces que en la ciudad no hay más que ellos. Sin embargo, la ciudad es mucho más que moles y cristales transparentes: hay ratas, coladeras, vagabundos sin casa; pero preferimos no verlos. Sufriendo un poquito cada noche, pero cada vez menos, destilé lo que quedaba de nosotros hasta convertirlo en un dulce elixir para embriagar la memoria.

A fin de cuentas ya no me queda nada de ti, además de esta nostálgica vocación por hacer listas. Al menos eso creí, hasta que pude besar a alguien más. Esa incomodidad por estar junto a alguien al que no se está acoplado me lo rebeló: tu cuerpo en el mío, eso es lo único que jamás podré falsear.

Te llevo en los gestos, en la risa, en las muletillas, en mi imposibilidad de pronunciar la ch. Cada vez que abrazo, apareces tú; cada beso que dé ahora estará impregnado por tu fantasma, así como en cada beso que te di estuvieron ahí Magally, Vanessa, Miriam, Metzli, Fernanda, Metzeri…

Crecimos juntos, nos mimamos  y ahora estamos irremediablemente condenados a llevar en nosotros un poquito del otro. O más bien, un poquito de lo que alguna vez fue el otro. No pasará mucho tiempo para que dejes de ser la Zyan que alguna vez aprendí. A estar alturas ya ni siquiera eres azul, ni vives en el último piso.

 

 

Entre la disciplina y el esfuerzo

Disciplina es, en última instancia, una tecnología de poder cuyo propósito es la del control y aprovechamiento de las potencias de los cuerpos. La paradoja de la disciplina es que mientras dota a los cuerpos de habilidades (potencial) impide que dicho potencial sea capitalizado por el propio cuerpo (impide que se convierta en poder). Es algo así como las vacas: se hace que produzcan leche pero esta leche siempre es para los hombres. La disciplina es, pues, la granja del poder. El mehoyo del asunto está ahí: desde la modernidad, parece que toda actividad implica una disciplina; esto es, parece que para adquirir cualquier habilidad es necesario renunciar a su poder inherente y, por el contrario, cederlo a la figura de poder.

Toda actividad moderna tiene su orden disciplinario, y la danza no es la excepción: la figura de poder en este caso es la del coreógrafo. La educación dancística tradicional es un adiestramiento: se crean habilidades que en última instancia serán capitalizadas por la figura del coreógrafo; se educa al cuerpo para estar dispuesto, ser dócil ante las sus peticiones. Al bailarín no le pertenece su danza.

Pregunta: ¿es posible obtener habilidades SIN disciplina? (o sea, sin un control ni adiestramiento de los cuerpos y sin servir como un engranaje de la estructura de poder). Para  intentar responder me sirvo de la noción bergsoniana de esfuerzo: para Bergson, esfuerzo es la concentración de todas las capacidades en un punto de tensión. Dicha tensión no es es generadora de nuevas habilidades, pero desemboca en la intuición pura. La intuición pura es una percepción directa de la realidad y su naturaleza móvil. La experiencia de la intuición es transformadora y liberadora: transformadora porque quien se somete a la tensión no es el mismo antes y después de ello; liberadora porque muestra la realidad de una forma más profunda y original.

Hasta ahí Bergson. Y bien, tal vez no haya manera de separar las habilidades de su estructura disciplinaria, pero es posible prescindir de las propias habilidades. ¿Qué es, entonces, lo que se buscaría? El esfuerzo por el esfuerzo mismo. No el trabajo en pos de nuevas habilidades, sino el trabajo en pos de la tensión de todas las capacidades para la transformación de uno mismo. Un cuerpo que se transforma pero sin habilidades que puedan ser capitalizadas por la estructura de poder; o sea, un cuerpo que se libera. (No me malinterpreten: un cuerpo sin habilidades es un cuerpo inútil, sí, pero no inerte. Es esa inutilidad la que lo libera, pues no puede ser utilizado por algo más que no sea él mismo; y precisamente esa inutilidad impide que sea inerte pues es la que posibilita que se transforme, que se mueva; que baile).

Nuevo problema: ¿eso es posible desde la tradición dancística a la que pertenecemos? No sé. Y precisamente esa es la pregunta que más preocupa.

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“Por Sobre Todo, La Resistencia”: Reseña A Masiosare6 De Tierra Independiente

 

“Por sobre todo, la resistencia”: reseña a Masiosare6 de Tierra Independiente

No me busco como sujeto, necio proyecto;
los únicos que pueden buscarse son las cosas y los otros.
Entre ellos, un poco menos cosa y mucho menos otro,
aquí está mi cuerpo

Michel Serres

La cuestión de la identidad nacional animó por largo tiempo la cultura mexicana. Respecto a la filosofía, el último pensador que tuvo permiso de explorar, ya con un poco de ironía, los caóticos pliegues de lo mexicano fue Jorge Portilla. Atrás de él hubo toda una tropa de intelectuales, desde Gabino Barreda hasta Octavio Paz, que intentaron responder a la pregunta más apremiante: ¿qué somos?; ¿cuál es la esencia de lo mexicano?

Sin embargo, el panorama nacional cambió y con él las preguntas de moda: ya a nadie le interesó lo particular nacional, sino la manera de encajar en lo universal internacional. ¿Qué queda decir de lo propio del mexicano si ahora su destino es el de homogenizarse con el resto, volverse un ciudadano del mundo?

Tierra Independiente se otorgó una licencia para revivir la vieja pregunta hostigosa, no en los vanidosos malabares filosóficos sino a través de la ensoñada imagen escénica. Vanas pretensiones son las de buscar esencias. Masiosare no pregunta por el qué, sino por el cómo. ¿Cómo son, pues, los mexicanos?

Una fila de zapatos por pares aparece en la parte baja del escenario. De inmediato comienzan a llegar sus dueños. De entre el público, suben los bailarines para calzarlos, y de paso presentarse. Aunque no tienen que decirlo, sabemos que todos son mexicanos; lo sabemos porque las historias con las que se presentan, sus formas de hablar y sus maneras de caminar se parecen a las nuestras.

Una vez todos con zapatos, los bailarines se distribuyen por el escenario. Al fondo hay una estructura metálica de tubos, organizada en tres partes; ahí se colocan algunos. El resto toma su lugar en las mesas y sillas de madera esparcidas por el espacio. Comienzan a bailar. El Leitmotiv son las caídas, que se sienten como azotones. “Es que creerás que esto es vida, y yo… no sé… no sé… no sé”.

¿Qué quieres y qué te exigen? Sé el mejor, el mejor de lo mejor, el mejor entre los mejores, el mejor mejorado; siempre más, más, un poco más, cada vez más. “Yo no quiero ser el mejor, sólo quiero asegurar mi vida”. Lástima que no somos máquinas, al menos ellas explotan cuando entran en contradicción. Nosotros lo más que podemos es azotarnos contra el piso.

Primera conclusión: somos el caos de la contradicción, personalidad esquizofrénica escindida entre lo interior y lo exterior.

Cenital en el abajo-derecha del escenario. Una chica narra su historia mientras otro par baila en el esto del escenario, a media luz. Es una historia por muchos conocida: madre soltera, hija que nunca conoció a su padre, extrañeza, sensación de abandono, perspectivas frustradas de búsqueda. “Me gané esta vida a pulso, día a día, y tú te la perdiste”.

Segunda conclusión: Octavio Paz se equivocó. No somos hijos de la chingada; somos hijos del desaparecido, del ausente.

El grupo acomoda las mesas y un par, hombre y mujer, bailar por encima. Parecen discutir, pero más bien hablan cada quien de sus problemas. ¿Para qué levantarse en la mañana? ¿Qué nos impulsa? ¿No esto ya está lo suficientemente de la verga? Autocompasión por parte de él, pero ella no se lo permite: “si te pasas quejándote de la pinche vida, su puta madre. Vemos lo malo, lo peor, pero nunca hay que dejar de buscar”.

Tercera conclusión: lo peor ya pasó, y aún está por pasar. Igual la vida sigue.

Alguien trae un cajoncito. Una de las chicas se sube a él y de inmediato el resto comienza a vestirla: falda larga, paliacate y zapatos blancos para zapatear. En cuanto está lista, dos chicos cargan toda la tarima y ella se avienta un son allá arriba; mientras, los demás ejecutan atrás y en silencio una secuencia. “Soy del insurrecto, del que resiste, del que nadie ve…”

Cuarta conclusión: somos muchos mundos amontonados en uno solo.

La violencia, las desapariciones, la explotación, los sueños, las frustraciones, la invisibilidad, la soledad, la fortaleza. Esto, un poco más un poco menos, nos conforma. Al final todos se suben a las mesas y adquieren una postura desafiante. Suena una voz en off. Es un discurso, con fundo lluvioso, que festeja el primer aniversario de algún grupo de autodefensa.

Conclusión última: Por sobre todo lo anterior, la resistencia.

[Publicado originalmente en  http://revistafluir.com.mx/cafe-muller/por-sobre-todo-la-resistencia-resena-a-masiosare6-de-tierra-independiente.html . Mi primer colaboración allá 🙂 ]

La fuente

El primero en encontrarlo fue Lázaro, un chavito de 11 años que era vecino del 34-B y gustaba de meterse a departamentos ajenos para espantar a la gente. Al inicio tuvo miedo, pero inevitablemente el miedo devino curiosidad. Se acercó de manera cautelosa, lo examinó con detenimiento y se divirtió con él hasta que se topó con su cara. Era una cara amplia y plana, con dos diminutos agujeros en donde se supone debería haber ojos y una boca larga similar a la de un tubo de órgano. Esa misma noche, el niño le contó todo a su madre: “Ma, el vecino tiene una momia súper chida en su casa. ¿Me compras una?”.

Resulta que la momia no era de Juan: era el mismo Juan. La noticia fue titular en todos los periódicos relevantes de la ciudad: La Crónica, La VozLa Nigua, y, por supuesto, El Piñero de la Cuenca. Una famosa fotografía de Enrique Metinides retrató la escena: el lugar era una pequeña sala de departamento. A la izquierda había un sillón, cubierto con hule cristal y con carpetas de punto en cada respaldo, que se encontraba frente a una pantalla de televisión. Atrás estaba una mesita estilo rústico, también con hule cristal, y al lado de ella un burro de planchar enterrado bajo una enorme masa de ropa. Al fondo se encontraba una vitrina de estilo ecléctico, una mezcla de Luis XVI con los más grosero motivos victorianos, donde estaban metidos sin distinción platos de porcelana, vasos de plástico, recuerdos de XV años y gatitos de cerámica. Y en medio de todo eso estaba la momia: tumbada sobre una jerga gris, su expresión y su rigidez corporal semejaban a las de Santa Teresa, pero 80 años después. Detalle de composición en la imagen era una fotografía que colgaba desde la pared del fondo y retrataba distintas caritas de un bebé, sonriente, enojado, llorando y dormido, las cuales parecían reaccionar ante la escena cual coro griego.

Los primeros informes oficiales la consideraron una víctima más del intenso clima de la región. Aquí el calor rebasa los 50 grados centígrados en verano. No en balde acá la tierra es blanca; no en balde a este lugar, agujero entre planicies, le llaman la novia del sol. Al poco tiempo se habló de una extraña enfermedad que amenazaba con volverse epidemia. Los médicos especulaban que podría ser un caso del síndrome de Guillain-Barré provocado por una mutación viral y cuyo principal medio de infección eran los oídos. El país entero usó cubreorejas por dos meses y en las entradas de edificios públicos se ofrecían hisopos de manera gratuita. Pero la verdadera causa fue otra.

Juan Desleal vendía agua de coco a orillas del río Nanche. Una vez a la semana viajaba en su vieja troca hasta Chilpancingo para abastecerse y todas las mañanas salía con su carretilla para ofrecerles agua fresca a los acalorados bañistas. Pero esa semana había sido diferente: cuando abrió el primer coco no encontró dentro más que aire. Partió un segundo, tercero, cuarto coco, pero fue inútil: todos estaban vacíos.

Juan regresó a casa sin cocos, agua, ni dinero. Ahí lo esperaban su esposa Edith y sus dos hijas, Martha y María. Los reclamos no se hicieron esperar: “Papi, aún no hay agua”, “Papá, tengo mucho calor y sed”, “Me duele la cabeza”. La ciudad llevaba más de un mes en sequía; un mes sin agua en las cisternas, en las piletas ni en los vasos. A estas alturas la única manera de conseguir agua era pagando por una pipa, algo que Juan no estaba en condiciones de hacer. “Juan, que las niñas tienen sed. Se nos van a morir deshidratadas, Juan. ¿Qué vamos a hacer, Juan? ¡Qué vamos a hacer!”

Entonces Juan comenzó a bailar: una cumbia, una guaracha, un perreo; no importa qué. Bailó con furia hasta convertirse en un caldo humano. Su ropa chorreaba sudor y su piel brillaba más que la laguna de San Marcos al atardecer. El esfuerzo fue tal que no pudo mantenerse más en pie, pero aún en el suelo no detuvo su convulsa danza. Edith no perdió el tiempo y acercó una jerga para recoger líquido precioso. María, la menor, fue más impaciente y prefirió beber directamente del cuerpo de su padre. Raspaba con su lengua seca la piel de Juan como un elefante que pisa fuerte la arena en busca de agua subterránea. Martha se unió pronto al regocijo. Más audaz, se dio cuenta de que era más fácil sacias su aridez si succionaba por las cavidades y no dudó en arrancarle la ropa a su padre para tener más espacio de maniobra. Edith, quien seguía ocupada con la jerga, reparó en lo que estaba pasando y, al tomar conciencia, se convirtió de inmediato en un montoncito de sal. Y ahí quedaron: Juan seco hasta la última gota y Edith hecha pequeños granitos que con el tiempo fueron arrastrados por el viento. De Martha y María no se sabe más que el hecho de que nunca volvieron a tener sed.

Entre reyes y plutócratas en realidad no hay diferencia alguna: los primeros creen que son especiales por su sangre; los segundos creen que todo lo obtuvieron por su trabajo, pero de alguna manera ese trabajo es especial porque su fruto siempre resulta cualitativamente diferente al del resto de los hombres. Así como la sangre de los reyes, el sudor de la plutocracia se pretende azul. Sin embargo, nada esencial diferencia a los hombres entre sí, mucho menos su sangre o su sudor; lo único que los hace diferentes son sus actos y el más elevado de ellos es el sacrificio. Pero el verdadero sacrificio sólo es aquel que se hace por amor y sin miras a ningún beneficio, y el más elevado aquel que no duda en entregarlo todo. Un sacrificio de tal magnitud no puede ser realizado más que por alguien santificado y su fruto no puede ser otra cosa que sagrado, tal como lo son la sangre de Cristo o el sudor de Juan (quienes en realidad, junto a Lázaro, son uno y el mismo).

Por eso estamos aquí. Por eso bailamos hasta desfallecer. Por eso bañamos niñas vírgenes en agua con sal y las hacemos cantar y pedir por su regreso. Él vendrá para traer justicia a esta tierra blanca; vendrá a salvarnos de esta sed espiritual, de este calor infernal  y de los tiranos, aquellos que usurparon los fluidos sagrados y se pretenden santos sin serlo. Y entonces sí, nos alegraremos al contemplar la venganza y lavaremos nuestros pies en la sangre de los impíos. Y entonces sí, el justo recibirá su recompensa y podremos cantar todos juntos que hay un Dios que hace justicia en la tierra.

fuenteilustración

[Texto publicado originalmente en Revista Distractio. La ilustración es de mi crush Ámbar Líquido. Síganla, denle like,  díganle que la amo en secreto o lo que sea.]